Ella, adulta y desnuda llegó,  con su cabello al viento, como perla de algodón,  viajó sobre la tierra fértil  acariciando a sus orígenes, allí, donde se hace presente la resurrección, ¿acaso la muerte del ego  es el nacimiento del auténtico yo?

Nació del dolor, del propio, del de otros, se engendró desde una historia de desgarros y mutilación, de la espuma,  de emancipaciones fluctuantes en un mar que se abrió en colores para que fluyera su encanto.  Nacer duele, siempre, a cada instante. Pero es necesario como las espinas de esas rosas que trajo. ¿Recordar acaso que de ellas nos hemos forjado?

La impulsaban son su suave respiración, con bello aroma,  un viento fructífero, cálido,  dueño y  mensajero de la primavera, y ella, la brisa  que perfumaba con sus flores reuniéndolos en comunión entre espíritu y materia. El complemento como escenario perfecto donde comenzar a crear realidades que vienen acompañadas de luz, de colores claros. Dos tipos de fortalezas  con dos ricos y diferentes colores de piel pero que tienen el mismo fin.

Y la hora está preparada, en punta de pies, rozando su albor, ha estado esperando su llegada en un rincón más apagado para que ella con su luz pueda comenzar a  engalanar, la hora la ha estado esperando con guirnaldas y anémonas, blancos y rojos, con acianos, con verdades y alegrías, con la paz que representa el hecho de saberse despojado de todo lo que uno no Es.

¿Acaso habrá que tomar de la mano a esa blanca perla para poder ver la luz? ¿Acaso es a través de ella que las dudas se despejan y los miedos se disipan? ¿Acaso es en la adultez donde se renace y se llega a conocer el verdadero amor? ¿Acaso fue por eso que ella nació adulta y desnuda? ¿Es la primavera, acaso la madurez?


Pensemos juntos, déjame tus comentarios..


Inspirado en la obra de arte: El Nacimiento de Venus de Botticelli

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