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¿Quién me iba a decir a mí que, en medio de la noche, en mi peor momento, iba a poder conocer a la mejor estrella de la constelación? Cuando sentimos algo tan fuerte, es natural temer a perderlo, sobre todo cuando aún no hemos terminado de encontrarnos a nosotros mismos.

Aparecen las disyuntivas que nos complican la vida, ¿el otro me querrá igual aunque lo que yo traiga no sea sano?, ¡pero yo lo quiero!, ¡pero aún no estoy preparado! ¡pero no quiero que se vaya! ¡pero no tengo otra cosa que brindar más que mi desesperanza!

Como estas podríamos escribir miles de ideas, que no son otra cosa que la lucha constante entre mi ego y mi ser, entre el amor y el miedo.

Y creo que cuando aparecen estas cosas es porque uno no confía en sí mismo, y me dirás ¡obvio!, nada es obvio cuando se está por comenzar algo nuevo, lo nuevo trae inseguridad, cuando uno no conoce de verdad al que tiene enfrente, si no se confía en uno, menos se va a confiar en el otro, aunque uno sepa que tiene herramientas que desconocemos.

¿Qué hacer?

Hay un trabajo diario, que es cambiar un hábito. Cuando nos encerramos, tendemos a habituarnos a ver todo el lado negativo de las cosas, es algo que, llegado el caso, queda tan arraigado, que uno cree que es casi imposible derribarlo. Pero sí se puede. Y para eso hay que reconstruir el diccionario, hasta cambiar nuestra manera de hablar y cambiar las palabras que usamos.

¿Has perdido las esperanzas?, pues comienza por sacar la palabra “perdido”, ¿Qué es lo que te hace pensar que has perdido la esperanza o el amor o lo que sea?, fue una relación que no funcionó? (has ganado experiencias) ¿fue haber puesto las fichas en un lugar en el que te sentiste herido? (has ganado autoconocimiento, es decir, ya sabes lo que te hiere) ¿crees realmente que en esta vida perdemos algo? Tenemos una percepción de la pérdida que es muy distinta si la miramos desde otro ángulo.

Hace poco recordé a los que en una parte del camino fueron mis hijastros, (¡que palabra horrible!) y un amigo me ayudó a descubrir muchas cosas de aquellas vivencias cuando ya no pudimos seguir compartiendo la vida, me quedé pensando mucho en esto que uno llama “pérdida”, miedo a perderlos. En primer lugar, pensé: las personas no son cosas que uno tiene o no tiene, es decir, nunca fueron míos ni de nadie, nosotros no somos ni de nuestros padres, simplemente somos seres que se pertenecen a sí mismos. Entonces, lo que se me vino a la mente es “no podés perder algo que no es tuyo”, por lo cual, la idea de perder en este sentido, queda desterrada. En segundo lugar, la idea de perderlos vista como la muerte individual es la forma en que la vida social se reproduce (palabras de mi amigo en 2018), me hace pensar en que no verlos nunca más, forma parte de ganar la oportunidad de abrirme un camino nuevo, ¿ganar un terreno propio? por lo cual, la pérdida, una vez más, no es pérdida.

De esta manera mi miedo se esfuma, porque el miedo se centra en ideas que son reemplazables por otras mucho más potentes.

Luego recordé a mis 23 años cuando me fui a vivir con una amiga a Caballito, mi madre angustiada como ni te cuento, se le iba la nena, (se había salvado por el corralito de que me fuera a México, al menos ahora me iba más cerca), recuerdo que yo hacía años que quería volar del nido, pero ella con la manipulación emocional, me ganaba la partida. Entonces pienso, esta cosa que tienen los padres de querer aferrarse a los hijos como si fueran de su propiedad, centrándose en el egoísmo del que te hablo siempre, ese egoísmo de querer seguir compartiendo, sin dar cuenta de que el otro está sufriendo, no lo está disfrutando. Yo me quería ir, quería despegar de un ambiente que no disfrutaba. Mi madre no daba cuenta que lo que perdía era solo mi presencia física, pero si seguía en mi casa, iba a perder mi presencia emocional. No daba cuenta de que ese espacio que quedaba en mi casa, le traería una tranquilidad y un tiempo para ella misma, para hacer algo más además de trabajar, por lo cual, ya no era una pérdida que yo me fuera, sino ganancia. Ganamos las dos porque cada vez que yo iba a visitarla era porque me moría de ganas de verla, y no por obligación.

Cuando usamos la palabra pérdida, muchos me dicen “Es una manera de decir” Y AHÍ ESTÁ EL PROBLEMA. Repetimos tanto esa palabra que energéticamente nos predisponemos y creamos una realidad que gira en torno a ella y por supuesto no podemos esperar otros resultados que sentir que uno está perdiendo todo a su alrededor, sentir angustia, dolor.

Cuando en realidad, si en vez de decir “perdí a mis hijitos de la vida”, puedo decir “gané la oportunidad de tener mis propios hijos”, “no tengo un mango” cambiarlo por “estoy en proceso de conseguir la guita que necesito”, “no puedo vs puedo esto y me estoy desafiando a poder más”, “ayer me mandé tal macana, me perdono y sigo adelante porque entiendo que, gracias a eso, hoy puedo ver más allá”, “perdí la oportunidad” vs “la oportunidad la genero yo” (me acordé del centro cultural), “mi pasado es horrendo” VS ¿Para qué voy a seguir anclada en el pasado si ya pasó? ¿puedo modificarlo?, puedo modificar mi hoy para que no sea igual a mi pasado si es que me hirió. Puedo construirme nuevamente y usar mi pasado como un motor para no repetir esquemas, pero anclarme en el pasado y vivir recordando todo lo que pasó como una “pérdida”, sigue generando sentimientos como la tristeza y el dolor, en cambio, si vemos el pasado como un motor hacia todo lo que hemos ganado, el hoy se convierte en un tesoro, y la verdad es que ¡somos tan ricos!

Lo más difícil de todos los procesos, creo yo, es cambiar los hábitos, salir de la zona de confort. Pero cuando te das la posibilidad de hacerlo, todo el esquema se rompe. Es un trabajo diario, arduo, y los que nos rodean a veces se quedan mirándonos raro, pero no importa, porque hacerlo vale cada segundo de nuestra vida empeñada en eso.

En momentos complicados, y los he pasado, sentía tanta impotencia, tanta bronca, vivía enojada, amargada, me decían algo y explotaba, y yo no lograba entender por qué era así, por qué reaccionaba de manera tan defensiva, creía que me tenía que defender, no sabía de qué, pero mi reacción claramente, denotaba que había algo ahí afuera que me estaba atacando.

Un día, comprendí que yo misma estaba poniendo mi foco en todo lo que no tenía, en aquel momento, no tenía un trabajo estable, no estaba haciendo teatro tampoco, sentía que con mi pareja no era feliz, todo mi mundo era una “falta”, sentía que me faltaba todo, el mundo estaba en mi contra, yo era la víctima y me acuerdo que cuando me escuché decir esa palabra, se me pararon todos los pelos, porque me tocó el orgullo. La victimización me dejaba en un nivel muy bajo para lo que yo había sabido construir en otros tiempos. Angustiada, un día dije basta, y comencé a mirar todo lo que sí tenía. Y me di cuenta que el problema era yo, que yo estaba dejando que las circunstancias de ese momento, influyeran en lo que yo soy, en mi persona, en mi visión de las cosas, y como siempre yo era la “contra” de los que me rodeaban, utilicé esa contra, para llevarme la contra a mí misma, es decir, comencé mi lucha por desbaratar ese edificio monstruoso que había edificado y lo empecé a tirar abajo, cada pensamiento negativo que me venía, lo contradecía con uno positivo, ahí comencé a aprender la paciencia y la constancia.

Cambiar los diccionarios verbales y mentales es un trabajo arduo, sobre todo cuando a tu alrededor todo suma para que sigas siendo el mismo de siempre o peor. Yo no quería ser la misma de siempre, yo no quería vivir amargada, yo no quería una vida repleta de angustias y dolores, yo merecía otra cosa para mí. Esto me costó gente en el camino, pero todo fue ganancia, también me ayudo a comprender que los demás pueden tener sus propias creencias, ideas, y no por eso dejar de quererlos, lo que aprendí fue a que lo negativo no influya en mí, pero eso se consigue cuando uno está seguro de sí mismo y lo que vale como ser humano. Aprender a escuchar y tomar solo lo que sirve a mi bienestar fue clave.

Por otro lado, comprender que el otro puede tener una manera distinta de ver la vida, me enriquece, me hace ver otras posturas, me hace pensar, seguir buscando como mejorarme.

Las palabras tienen un peso enorme y a veces no lo sabemos o lo olvidamos. Sabemos que a veces no llegan a expresar lo que sentimos, ¿pero y si con las palabras estamos ordenando lo que debemos sentir? ¿Qué pasa si fuese la mente la que ordena lo que debemos decir y por ende ésta envía sus órdenes al cuerpo?

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